EL CREADOR CREADO
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«El creador creado» es una obra particularmente excéntrica, no porque sea rara o poco convencional, sino porque una parte de ella, los primeros dos tercios aproximadamente, están narrados por el autor en tercera persona y tiempo pasado, y solamente el útimo tercio de la misma sucede en el tiempo real de la trama.
Así las cosas, el narrador nos ofrece, desde un punto en que al personaje central se le ha informado de que un tumor le está matando y que le quedan unos pocos meses de vida, una retrospectiva de la existencia del protagonista desde su alumbramiento a la fecha actual, y cómo no sólo se constituyó en un escritor a partir de ser un doméstico cuentista infantil, sino cómo la vida le ha ido estafando lo mejor que ha tenido y privándole de todo cuanto deseaba, incluso enviándole en dos ocasiones diferentes a la cárcel sin haber cometido delito alguno. Un paseo por una vida de búsqueda sin hallazgo alguno, de fracasos continuados, de esperanzas frustradas y de regalar enorme dolor a quienes más amaba, desfilan ante los ojos del espectador, produciendo en él la angustiosa frustración de que lo bueno a veces no parece tener cabida en el mundo.
La segunda parte, el último tercio de la obra no es mucho más sabroso en cuanto al triunfo del bien sobre el mal o alguna entelequia parecida, sino que, a pesar de que la ternura se multiplica y lo entrañable de la trama se eleva a su máxima potencia, todo ello culmina en el inmenso e inabarcable sufrimiento del 11 de marzo de 2004 en Madrid, donde cuatro trenes fueron explosionados por las siempre criminales y tétricas manos del siniestro poder que gobierna a los hombres y en las que casi dos mil españoles encontraron un súbito y cruel punto final a sus vidas, entre ellos nuestro protagonista, Bonaz Cantueso.
No morirá este en las vías o en los vagones, sin embargo, como tantas otras víctimas de este atentado miserable lo hicieron, sino que lo hará en un hospital saturado de dolor y atravesado por el amor más intenso imaginable de los inocentes hacia los inocentes y de un pueblo roto hacia todos cuantos sufrían, donde tendrá ocasión, antes de expirar, de saber que la vida es un espejo que refleja en la miseria lo sublime de los sucesos: el mejor regalo, en ocasiones, es el adiestrador dolor, el doliente fiasco o incluso la traición; el mayor logro, el fracaso que alienta a intentarlo con más ahínco y mejor una vez y otra y otra y otra, perfeccionándose; y la forma más bella e infinita de amar, el desamor, porque nos estanca en él para siempre, para siempre, como, si se hubiera verificado el amor, jamás habría podido hacerlo. Dios, como decía Teresa de Jesús, está entre los pucheros.
«El creador creado», en fin, es una obra que trata de entender a Dios mismo como autor de todas las obras y todas las historias y todos los sucesos y todas las tramas en todas las edades y en todos los escenarios con todos los personajes imaginables, pero lo hace a través de lo mínimo de un escritor menudo, inocente y frecuentemente estafado por la vida misma, como el cuerpo (infinito de Dios) y el reflejo (mínimo de un hombre muy, muy sencillo), hasta el extremo que ambos sostienen, sin que el escritor lo sepa siquiera, conversaciones en las que el Creador de todas las cosas le facilita al pequeño autor tesoros que en ocasiones, hasta el final de sus días, le pasarán desapercibidos.
Una historia de amor en el amor, un amor incansable, infatigable, persistente, obstinado… y silencioso, en el que la mayoría de los mortales no sólo no comprenden que siempre y en todo lugar están siendo amados con feroz pasión, sino que ni siquiera son capaces de ver a quién les acompaña y abraza desde dentro y desde fuera de su propio corazón, sin dejarles solos ni un solo momento en todos los días de sus vidas.







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